Martes, 05 Junio 2018

Hermana, yo te creo

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El 8 de marzo pasado fue una jornada histórica en España: Con motivo del Día Internacional de la Mujer, los colectivos feministas convocaron a una huelga de mujeres que no solo tuvo un seguimiento masivo, sino que desencadenó una respuesta ciudadana sin precedentes, llenando las calles de banderas moradas y consignas a favor de la igualdad. La sociedad empezaba a quitarse el yugo del patriarcado y miraba al futuro con ojos de progreso y ansias de cambio.

Dice el refranero popular que la alegría dura poco en casa del pobre, y es que cuando todavía estábamos felicitándonos por el éxito de esa reivindicación multitudinaria que llenó portadas de medios nacionales e internacionales, nos encontramos con una triste realidad: Las personas y nuestra forma de entender la vida avanzamos a una velocidad que no es la del Derecho. La sentencia del Caso de «La Manada» (esto último por la denominación grupal que usaban los acusados) iba a publicarse y España esperaba con ansias un fallo a la altura de aquella sociedad que días antes había ondeado pancartas por los derechos de la mujer. Esperábamos que el peso de la ley cayese implacable sobre las cinco personas acusadas de forzar a una joven de 18 años a mantener relaciones sexuales en un portal, durante las fiestas de San Fermín, pero la ley a veces permanece sujeta al techo por los hilos del machismo y «su peso» se atenúa.

Dichas personas fueron condenadas a nueve años de prisión por «abusos sexuales» y mientras la sociedad volvía a ocupar las calles al grito de «¡Hermana, yo te creo!», muchos juristas nos revolvíamos conscientes de que de nada sirve la reivindicación en unos ámbitos si luego los jueces están obligados a aplicar leyes eminentemente injustas. No traeremos aquí el eterno pulso de los filósofos del Derecho entre Iusnaturalismo versus Iuspositivismo, pero el concepto de Justicia como elemento consustancial a la norma volvía a estar en la picota. Y mientras los ciudadanos señalaban a los tres magistrados encargados de emitir el fallo, yo no despegaba la mirada del «primer responsable» de aquel atropello en forma de sentencia: El legislador.

Si tenemos en cuenta que este tipo de delitos tiene como víctima más frecuente a la mujer, es imposible evitar pensar en que los tentáculos del patriarcado llegan hasta las mentes de quienes elaboran las leyes y, por tanto, estas son a todas luces machistas

Contamos con un Código Penal en espera de reforma, que introduce en su artículo 181 un elemento más que polémico en delitos con estas características: El prevalimiento. ¿Qué significa esto? Pues que cabe la posibilidad de que si usted es forzado o forzada a mantener relaciones sexuales y o bien el miedo le ha paralizado, o el deseo de salir vivo y la prudencia le han llevado a no pelear hasta la extenuación con su violador, el legislador le dice a usted que no ha sufrido agresión, sino abuso porque, ojo, no ha habido violencia o intimidación, ya que tampoco se ha negado manifiestamente. Vamos, que aunque no quería, se ha dejado hacer. Si tenemos en cuenta que este tipo de delitos tiene como víctima más frecuente a la mujer, es imposible evitar pensar en que los tentáculos del patriarcado llegan hasta las mentes de quienes elaboran las leyes y, por tanto, estas son a todas luces machistas.

En primer lugar, que haya un artículo cuyo contenido permita que ser penetrada por cinco hombres bucal, vaginal y analmente sin que usted haya consentido expresamente pueda ser tildado de «abuso» es intolerable. Tal parece que en lugar de haberle agredido sexualmente, solo se hubiesen extralimitado. Vamos, que se pasaron de la raya, pero no la agredieron.

En segundo lugar, no parece adecuada la carga subjetiva que recae sobre la víctima. En un Derecho Penal en el que la responsabilidad objetiva o subjetiva siempre era un elemento aplicado a la persona imputada, en este caso concreto se aplica exclusivamente a la víctima. ¿Desde cuándo la actitud de esta es determinante? ¿Acaso en un homicidio, sea o no imprudente, se valora si el fallecido habría podido evitar el disparo, por ejemplo? ¿Acaso en un robo se valora si la víctima tenía sus bienes lo suficientemente protegidos? Entonces, ¿por qué a esta chica le estamos exigiendo que hubiese mostrado de forma clara e inequívoca su no deseo de ser penetrada?

Finalmente, si el elemento de la no oposición a mantener relaciones sexuales se debiese a la sensación de notoria inferioridad que ella sentiría (de ahí el supuesto prevalimiento que abre la puerta del abuso y cierra la de la agresión), ¿por qué a este ámbito no se hace extensible la interpretación que se impone en otras áreas jurídicas por la que el miedo vicia el consentimiento prestado, y un consentimiento viciado siempre se tiene por nulo? ¿Por qué? ¿Porque este tipo de delitos siempre los sufren las mujeres? ¿Porque durante mucho tiempo en España las leyes solo las elaboraban los hombres? ¿Porque la vomitiva idea de la virtud de la mujer asociada a su vida sexual sigue estando presente?

Que alguien me responda. ¿Por qué? 

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Modificado por última vez en Martes, 31 Julio 2018 12:04
Míriam González Blanco

Es jurista experta en derechos humanos egresada de la Universidad de Oviedo y maestra por la Universidad Autónoma de Madrid. Se desempeña como asesora parlamentaria.

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